-No, creo que no
-Vaya, ¿por qué?
-Mmmm
-¿Qué?, ¿QUÉ?
-¿Qué dices?
-¿Que por qué?
-¿Por qué, qué?
-Que por qué no
-No se
-¿No lo sabes?
-No
-Ah...
Un imperceptible chirrido acompaña el
pedaleo de sus pies, es la cadena rozando contra el plato. La brisa arrastra
las hojas de los árboles en un monótono vaivén y sus sombras alteran los
colores del paisaje. El asfalto desaparece bajo las ruedas de la bicicleta. Una
gota resbala por su mandíbula, se escurre. Desde temprano recorre
la pista y solo le resta el último tramo. Ansioso por llegar rueda más deprisa.
De pronto los sonidos cesan, alguien le ha embotado los oídos, no hay canto de
pájaros ni ruidos de vehículos, las hojas de los arboles se han detenido y ni
siquiera tintinean las piedritas del asfalto. Ha entrado en el túnel. Ahora oye
con claridad su respiración al son del rítmico pedaleo. Casi puede oír su
corazón. La temperatura ha descendido. Confía
que al final se encuentre la salida pero no la vislumbra. A pesar de que se
desliza ligero, observa las paredes forradas de tela asfáltica gris y siente que
recorre el mismo tramo una y otra vez. Un corredor le adelanta como un silbido y de nuevo se encuentra solo. Es una sensación agradable: rueda sin
interferencias, sin música, sin sol, sin brisa, sin sensaciones; se siente aséptico,
con una suerte de purificación. Absorto en la ausencia de emociones, el final
del túnel llega sin darle tiempo a reaccionar. Los sonidos le confunden, el sol
le deslumbra, el cambio de asfalto le desequilibra y cae golpeándose. Fin de trayecto.
Pedruscos
verdosos se hunden en el agua oscura que rodea el castillo en ruinas. La maleza
ha invadido parte de los muros del edificio, al igual que en el cuento de La bella
durmiente. En el interior, las escaleras crujen pero todavía se conservan las
alfombras y los muebles antiguos. Sobre el aparador de la habitación principal
hay un espejo: el mismo que perteneció a la madrastra de Blancanieves. Y en el
armario muchos zapatos de un solo pie porque Cenicienta revivió una y otra vez la
noche en que el hechizo desapareció con las doce campanadas. Sólo quedan las
ruinas que recuerdan cada historia, las historias que se repiten con distinto
nombre. El castillo de las mil historias, la página de los mil cuentos, las mil
y una noches.
Me giré y te encontré a mi lado. El primer impulso fue
abrazarte pero temí tu reacción. Insegura te acaricié el rostro, deslicé las
manos por los hombros hasta encontrarme con unos brazos inertes, fríos. Me acerque a tu pecho
esperando oír un latido. Recorrí un cuerpo escultural, labrado a cincel, de medidas
perfectas. No te inmutaste, sólo tus ojos me seguían, sin parpadear. Ante tu frialdad cedí y durante un
momento me quedé esperando. Fue en vano. Me abroché el abrigo, levanté las
solapas y sin despedirme me alejé del lugar.