Cuentos, relatos, poesía…




viernes, 27 de septiembre de 2013

Las monedas del saxofonista





Sólo se oía el roce de la cuchara en la taza del desayuno. El sonido sonaba a intervalos regulares hasta que cesó. Ella estaba a su lado y pensaba en todos los ruiditos cotidianos que acompañaban su existencia. El sonido del bote de desodorante, el frisfris de la colonia y la seda deslizándose por el nudo de la corbata. Él trasteaba en el cajón en busca del tabaco entonces el ruidito del envoltorio adquiría dimensiones increíbles. El suelo bajo los pies de ella empezaba a crisparse y arrugarse como si fuera de papel y el blanco del techo se condensaba imperceptiblemente hasta convertirse en una plancha pesada de acero que se arrugaba sobre ella aislandola del mundo.
Dieron las siete y media, él se despidió. De nuevo el sonar de los labios sobre su mejilla. La puerta se golpeó y los pasos se alejaron.
Al rato consiguió levantarse de la mesa. Salió con el tiempo justo para coger el autobús. Por la ventanilla veía pasar los edificios y las gentes. La vida bullía a su alrededor. Las puertas del autobús se abrieron bruscamente golpeando los goznes. Un tumulto de personas se apeó, habían llegado al centro de la ciudad y todos se dispersaron a paso ligero. Por la misma calle que lo hacía el grupo de transeúntes ella se dirigió a su lugar de trabajo. Una sirena pasó junto a su lado. Ella subió las escaleras a paso ligero y al entrar en su oficina saludó con una amplia sonrisa a sus compañeros. Había un gran alboroto, voces elevadas y una amalgama de ruidos dispares. Enseguida llegaron a su mesa asuntos que había que resolver de inmediato. Su amiga la apartó un instante del teléfono y le puso al corriente de los últimos comentarios, rieron despreocupadamente y en sus ojos se reflejó la chispa de los que le hablaban. Tras el almuerzo volvió a su desordenada mesa y el tiempo voló.
Al salir decidió regresar paseando. La tarde era esplendida. Caminó por el Boulevard hasta el carrusel. Desde el jardín del Ayuntamiento le llegaba la algarabía de los niños jugando. Un perrito ladró a sus pies. Un poco más adelante se sentó en un banco donde disimuladamente escuchó al chico del saxofón. La melodía zigzagueaba en el aire dispersándose, convirtiendo el horizonte en un paisaje ondulado. Un sutil ruido ensombreció la dulce melodía. Unas monedas rodaron sobre la cajita del músico en el suelo. El sol es escondía en la línea del mar. Su caminar se volvió más lento. El paseo hacia su casa cada vez estaba más solitario y comenzó a oír el retumbar de sus pasos. El taconeo se instaló en su cabeza. El disco del semáforo clickeó, pero no fue necesario esperar a que frenaran los coches, no había nadie en aquella calle. Su bolso rozaba la chaqueta y el sonido la acompañó hasta el portal. El ascensor se cerró imperceptiblemente, ella pulsó el botón. Al llegar al último piso sacó las llaves del bolso y las sujetó dentro de su mano dejando libre la principal. El eco devolvía el tímido tarareo de su voz. Con la última estrofa terminó de girar la llave y entró. La puerta se cerró ruidosamente. Era el final del día, el momento de relajarse. Se deslizó por el pasillo hasta su habitación y se desprendió de las ropas que silenciosamente cayeron sobre la cama. En la cocina los cubiertos chocaban mientras ella preparaba la cena. La mesa estaba servida. Se sentó en el sillón y esperó. No oía nada. Cogió una revista, pasó tres páginas y no pudo continuar. Empezó a sentirse mal y se levantó en busca de una aspirina. Abrió el armario de la cocina que chirrió incómodamente. Cogió la caja, abrió el cartón y soltó una pastilla. Al tiempo que rasgaba el plástico la garganta se le estrechó incómodamente. Despegó otras dos pastillas, las manos le temblaban, empezó a sudar. Sus dedos siguieron soltando las pastillas y ella las veía rodar por la encimera de la cocina produciendo un clickeo que la puso muy nerviosa. No era capaz de tragarlas. Asió la botella que estaba sobre la mesa, comenzó a llenar un vaso y se quedó mirando el gorgoteo del líquido, éste se derramó pero por fin consiguió tragarlas. Tambaleante volvió al sillón y se tumbó mirando el reloj digital calculando el tiempo que tardaría él en regresar. No se oía nada y el retumbar de su corazón se confundió con el tintineo del segundero donde se había quedado clavada su mirada.

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