Cuentos, relatos, poesía…




miércoles, 3 de julio de 2013

Mi piano y yo (2011)


Candela nació en una preciosa ciudad del sur de España. Fue la mayor de cinco hermanos. Y  su vida se redujo a su piano.
La mayor. Ella siempre se sintió perdida entre los adultos sus padres y los pequeños sus hermanos. Siempre escuchando la realidad desde una distancia extraña, sin comprender muy bien la conjunción de sumisión y responsabilidad que le había tocado desempeñar.

Pero un día dijo:

-¡Quiero tocar el piano!
-¿Estás segura? ¿No hay un instrumento más pequeño, hija?- decían sus padres.
-¡Quiero tocar el piano!- insistía Candela, sin conocer muy bien la razón.

Sus padres, después de valorarlo todo, decidieron que mejor comenzar con un instrumento más liviano. La guitarra.
Y Candela resignada aceptó.
Cada semana Candela iba con su guitarra al Conservatorio, con el mismo pensamiento en su cabeza: “Sí, suena bien, pero no es lo mismo”.

Tras  un tiempo volvió a insistir e insistir. Sus padres ante tal determinación accedieron.

-Por fin, y qué  bien suena.- pensaba Candela.

El piano, que marcará su vida.
Sus amigas empezaron antes que ella, no les costó mucho convencer a sus padres. Pero para el segundo año se había quedado sola. Y así sería su carrera, sola junto al arisco profesor que le acompañaría en el tiempo, probando año tras año su amor a la música.
Su vida transcurría y el piano con ella.
Sus primeras discotecas, su novio, sus estudios. Y el piano la tenía atrapada. La hacía sufrir, la recordaba su incapacidad y su falta de musicalidad, la exigía, la hacía totalmente ignorante, pero ella no le abandonaba porque su sonido le atravesaba el alma.
Pasó el tiempo, mucho en su compañía, tecleando y tecleando, haciéndolo sonar y sonar. Nadie lo entendía. Los vecinos no veían la lógica a tanta repetición, a veces ni ella misma. Y continuó su vida. A temporadas lo abandonaba, pero siempre echándolo mucho de menos. Tuvo a sus hijos, y se quedó sin su precioso tiempo. Su piano, siempre ahí en el salón. Cada día se cruzaba con él y éste la miraba de reojo. Cuando ella ya no podía esquivarlo más, abría su tapa, se sentaba. Candela tocaba una tecla y ese primer gesto ya la unía nuevamente a él, como antes, recordándole todo lo que su piano era para ella. Sí, lo había tenido arrinconado pero no lo había olvidado, continuamente había sonado en su memoria. Había vuelto a ella cuando cantaba nanas a sus hijos, cuando paseaba en un fresco atardecer, cuando reía con sus amigos en un día entre semana, cuando lloraba… siempre, siempre.
Sus hijos crecieron, y su piano allí en el  mismo lugar veía pasar su vida.
El tiempo transcurrió, y Candela buscó nuevos caminos por reencontrarse a sí misma y el sentido a su vida.
Entonces ella comprendió:
Su vida no eran sus estudios, su trabajo, su familia. Su vida era ella y  lo que había llegado a ser.
Candela era ella y su piano.
Llegó el final de su camino. El último día de primavera sentada en su silla frente a la ventana de la triste habitación, Candela recorre su vida y susurra en un inusitado momento de lucidez:

-Los Paraguas de Renoir, Las alimañas del jardín de Ravel, la poesía de Jiménez…

De nuevo la invade la agradable sensación de que ellos hablaron un lenguaje que ella comprendió, un lenguaje que siempre la transportó a un mundo de imágenes y sensaciones. Y se da cuenta que no ha estado tan sola, que ellos tuvieron esa mirada diferente a la vida que tanto le gustó y con la que se identificó plenamente, una forma curiosa y particular de ver y de ser, una forma de sentir, una forma de vivir. Y sonríe:

- Sí, fue mi piano quien me guió. Yo y lo que he  llegado  a ser.  Mi piano y yo.

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