Cuentos, relatos, poesía…




sábado, 1 de junio de 2013

La increíble historia de un hombre estúpido (2012)



Bobo, juerguista e inmaduro, solía llegar a casa de madrugada. Bebido, tambaleante, le era casi imposible llevar la llave hasta la angosta cerradura de la puerta y muchas veces terminaba roncando en la escalera.

Bobo fue un niño tan lindo y tan simpático… su madre se enamoró de él nada más verle. Sus 3 años fueron muy graciosos y sus 7, también sus 15. Con 40 mantenía esa graciosa carita que hacía que su madre, mujer de mil arrugas, le perdonara todo, absolutamente todo. Incluidas las meadas de madrugada a lo largo de todo el pasillo y por supuesto sobre la alfombra que aunque ya tenía tantos años como él, aun se conservaba con la frescura del primer día, igual que Bobo.

Cuando Bobo tenía dinero todo iba sobre ruedas, pero para la primera semana del mes ya estaba sin blanca. Ya había invitado a todos sus amigos varias veces y otras tantas había visitado villa 69, donde se podía elegir entre la de 40, 50 o 60 euros. Bien vestido y repeinado, esos días Bobo destilaba un particular tufillo a colonia y calzoncillo usado. Eufórico podías verlo pasar con el coche de su madre por mitad del pueblo comiéndose descaradamente las rotondas. Cuando el municipal le daba el alto, éste terminaba destornillándose de risa con Bobo, “oye colega, mañana me como la otra mitad y listo”. Pero las multas le caían igual, por mucho que invitara a copas a todo el regimiento de munipas. Y su madre no podía ver su carita de pena, triste, decaído y sin posibilidad de tomarse algo según avanzaba el mes. No, allí estaba ella para ayudar a su pequeñín. Y Bobo volvía a las andadas, las juergas, las invitaciones, las borracheras que acababan en villa 69 y las meadas en el pasillo, “¿es que no estoy en el inodoro????” decía mientras descargaba litros y litros de cerveza procesada.

Y os preguntaréis porque razón su madre le trataba así, pues porque Bobo es un enfermo. Sí de muy niño casi se muere en los brazos de su madre de un fuerte ataque de asma y desde entonces ella no le deja ni a sol ni a sombra. Todo por su hijo. Y no mejoraba, aunque quizás fuera porque Bobo no dejaba de fumar como un cosaco, ni de beber a todas horas. Y claro, cuando perdía el Ventolín, venían los problemas. A veces su madre tenía que arrastrar los 80 kilos de Bobo hasta el hospital más cercano. El médico siempre le decía lo mismo “déjelo señora, a ver si se ahoga y escarmienta”.

Pobre Bobo, tenía hasta mala suerte. Un día tenía tal cogorza que cuando aparcó el coche para entrar a trabajar se dio cuenta que así sin dormir y como iba su jefe se iba a dar cuenta. Mejor ponerle una excusa, que estaba enfermo. Cuando colgó el teléfono se quitó un gran peso de encima, “qué bien” y se durmió. Sí, allí, en el coche, en la puerta de su fábrica. Qué mala suerte que su jefe había aparcado allí mismo y pilló a Bobo que aun seguía durmiendo la mona al acabar la jornada. De nuevo su madre tuvo que buscarle algo. Le llevó al reformatorio, a ver si había algún trabajo que él pudiera hacer. Ahora, que ya lleva un tiempo allí, están muy contentos con él, ya le dicen a su madre “se entiende con todos de maravilla”.

Bobo, tan cariñoso… Sobre las 3 de la mañana cuando ya tenía un puntito solía llamar a su madre para preguntarle qué tal estaba, pero sobre todo para hacerle la misma pregunta de siempre “¿me quieres?”. Aquel día que su madre salió con las amigas, fíjate como la cuida que al llegar el a las 3 de la madrugada y ver que ella no estaba en la casa, llamó a la policía, a urgencias, a todo a quien se le ocurrió, pero no hubo nada que hacer, se rindió, la habían raptado, qué disgusto más grande. Desolado lo encontró su madre sobre las 5 de la mañana en el balcón llorando a moco tendido y hecho una piltrafa.

Qué buen corazón, ya lo dice su madre, tiene sus cosas pero es todo corazón, “ya querrían muchos ser así…”

El caso es que yo me pregunto:

Quién de los dos está peor, ¡por Dios!

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